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¡Guau! ¡Que moderno!


Por razones de trabajo, en el último mes tuve que viajar a las ciudades de Puerto Montt y La Serena. El tema de los reportajes que fui a hacer, tenían un velo sospechosamente positivo. “Progreso”, “desarrollo”, “innovación” y todos esas “píldoras” de una economía extrañamente optimista.

En ambas localidades tuve que entrevistar a empresarios, inmobiliarias, alcaldes, trabajadores, autoridades de gobierno y académicos y había un lugar común. La modernidad de la región se ejemplificaba con malls, cadenas de supermercados y multitiendas.

(“ya se puso tonto grave Fajardo…” dirán algunos en este momento. Pero déjenme continuar.)

Con tristeza y ternura veo como para mis connacionales de regiones una de las grandes aspiraciones es poder caminar con una bolsa de Jumbo, tener la tarjeta Presto, comprar en cuotas en Falabella, Ripley o Almacenes París, comerse un Sundae y por supuesto… ¡ta ta ta taaan!, ir a pasear al mall.

Llevo años asqueado de quienes van a un mall de paseo, con caras de imbéciles sacados de la cinta transportadora de la película The Wall . Pero en fin, -dije inocentemente- en provincia aún hay vida familiar. Sí, claro, vida familiar. Ja.

Entiendo que este tipo de comercio sea parte del “chilean dream”. Que la economía permita endeudarse, pero no deja de darme un malestar en el estómago. Similar a esas punzadas que siento cuando sé que se han quemado hectáreas de bosque nativo, se ha contaminado un río o exterminado una especie.

Es la misma sensación de pérdida. De resignación de un “no hay vuelta atrás”
Puerto Montt y La Serena están mejor. No hay duda de aquello, pero les entró esa fiebre inmobiliaria de la que somos esclavos en Santiago. Además ya hay tacos, calles saturadas y estacionamientos subterráneos.

El problema es que hablar de esto es dar un grito ahogado. Mientras tanto la gente se hincha de orgullo porque construyeron una mole amarilla en uno de las vistas costeras más hermosas del sur de Chile. Todo gira en torno a “El mall”, porque no es “un mall”, es “El mall”.

Ojalá aún queden románticos que me entiendan, por lo menos que me den una palmada y digan. “Ya, ya, no seas tan idealista. Si los hippies se extinguieron.”

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