brecha digital, internet

Megabytes en el altiplano

En el suplemento Chile Tecnológico que circula hoy en el diario El Mercurio, escribí un reportaje sobre un proyecto de conectividad en el altiplano chileno. Por razones de espacio, se tuvo que reducir a la mitad. Así que aquí incluyo la versión completa, que también se puede ver en Emol.

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MEGABYTES EN EL ALTIPLANO 

Iquique es una ciudad moderna. Casino, hoteles, centros comerciales, muchos automóviles del año, bucólicas playas y los servicios básicos solucionados. Entre ellos, internet.

colla

Pero a dos horas al oriente de esta capital, donde los metros sobre el nivel del mar suben a tres mil, la realidad es diferente. Pueblos aymaras y quechuas se entrelazan en costumbres, culturas y ceremonias religiosas. No tienen grandes edificios, ni modernas avenidas. Tampoco se ven malls o supermercados. Pero en medio del desierto, entre llamas y ñandúes, estas localidades comparten algo en común con Iquique. Su acceso a internet también es un tema solucionado.

“Conectividad para Comunidades Indígenas del Norte Grande” es el nombre del proyecto desarrollado en conjunto por Minera Cerro Colorado y Entel. El objetivo es integrar a seis comunidades indígenas de la región de Tarapacá al mundo de las telecomunicaciones, mediante internet y telefonía IP.

 

Chile Tecnológico viajó hasta el altiplano para presenciar la inauguración de la conectividad y recoger algunos testimonios de los mismos pobladores. El recorrido contempló la visita de los pueblos de Lirima, Collacagua y Cancosa.

Sopaipillas de Quínoa

El viaje comenzó a las 7:30 de la mañana. Una hora después de salir de Iquique, un leve dolor de cabeza comienza a advertir que la costa está lejos. A las 9:00 A.M. estamos  a más de 3.200 msnm (metros sobre el nivel del mar). El desierto comienza a mostrar algunos arbustos que, junto con las nubes, nos indican que ya estamos en un medio ambiente totalmente andino. A las 9:20 el asfalto se convierte en tierra. Estamos a 87 kilómetros de Cancosa, el destino final.

La primera parada es en Collacahua. Un poblado en el que viven sólo algunos ancianos, pero es morada de decenas de pastores y agricultores que continuamente están entrando y saliendo, en viaje hacia otras tierras. Una comitiva de unas 30 personas espera a las autoridades regionales y los ejecutivos de Cerro Colorado y Entel para el corte de cinta digital.

Al interior de la sede de la junta de vecinos, dos pobladores aguardan nerviosos a los invitados junto a los flamantes computadores conectados a internet. Afuera, un gran mesón con café, galletas y sopaipillas de quínoa hablan de desayuno. Se incluyen hojas de coca para masticar. Ninguna avanzada tecnología evita los mareos, vómitos y desvanecimientos producto 4.100 msnm.

Don Sergio, el patriarca de Collacagua es uno de los encargados de la inauguración. Junto a otros habitantes posan flamantes junto a la bandera chilena y a la colorida bandera aymara. Los fotógrafos descargan cientos de clics. Acto seguido, todo el mundo entra a la sede social, donde una joven ya se encuentra hablando por mensajería de video con una amiga de Cancosa.

El proyecto incluye la implementación de tecnología MPLS con una velocidad garantizada de 256 kbps y dos puntos de conexión telefónica por cada comunidad. Paneles solares suministran autónomamente energía solar a antenas y equipos. Tres empresas más aportaron de manera complementaria 21 computadores, 21 licencias de software y 6 equipos multifuncionales.

La joven hablando por videochat ya se maneja con las aplicaciones. Y no sólo por ser de la generación de nativos digitales. Sino porque el proyecto incluye capacitaciones tecnológicas y coordinación permanente con los habitantes de estas latitudes.

Modernidad sagrada

 Antes de llegar a Cancosa, el convoy de autoridades, ejecutivos y periodistas realiza una parada en Lirima, una postal sobrecogedora del paisaje del altiplano. El pueblo está construido de piedra y alineado entre un río y el camino principal. En el centro, una iglesia recuerda las primeras misiones católicas a este sector. Hoy, los misioneros evangelizan con la tecnología e internet, construyendo catedrales y capillas digitales con la promesa de un mundo mejor.

En Lirima también hay un grupo de bienvenida. Pero la comitiva está algo atrasada y la ceremonia de inauguración es rápida. Con tímidas sonrisas, los pobladores despiden a los visitantes con un gran cartel de fondo que indica el nombre del poblado.

lirima

Luego de pasar salares, llanos y quebradas, se asoma una imponente montaña, que comparte su cuerpo entre Chile y Bolivia. En sus faldas se vislumbra Cancosa. Es el paso obligado para comerciantes, agricultores y arrieros que se mueven entre ambos países para vender o comprar cientos de productos. De hecho, la frontera con Bolivia está sólo a cuatro kilómetros de Cancosa.

Entre cerros y vegas de cultivo, algunas imponentes antenas nos recuerdan a qué venimos. El centro del pueblo está absolutamente transformado con el evento. Una monumental carpa con escenario incluido esperan a los invitados. Ya hay varios pobladores sentados, a la espera de la inauguración oficial de la conectividad al planeta mediante internet. “Ahora vamos a poder  mostrarle al mundo lo bonito de nuestro pueblo. Para muchos no existimos. Pero quizá es mejor estar un poco aislados de la modernidad ¿No le parece?”, me dice Alfredo Mamani, un aymara que vive en una localidad vecina.

Luego de los discursos de rigor viene la ceremonia tradicional. La idea es dar gracias a la Pachamama (Madre Tierra) y a otros elementos del entorno por algo importante. Y esta vez, lo relevante es la conectividad. Los principales jefes de los poblados cercanos se arrodillan en una medialuna. Prenden incienso y comparten una bebida alcohólica sagrada. Cada uno agradece por la importancia de este paso y luego brindan en conjunto. Todos los espectadores callan. Sólo se siente la obturación de las cámaras y el viento.

Media hora después todos nos trasladamos a la Escuela de Cancosa, donde se encuentran los computadores. Con sólo dos alumnos, este establecimiento será una especie de centro tecnológico de esta localidad.

Adimelia Moscoso es la profesora. Ella nació en Cancosa y luego estudió en Iquique para volver a su tierra como profesional. “A la gente de otros lugares les cuesta entender lo importante que es esto para nosotros. Nos abre una ventana al mundo, dándoles oportunidades a niños, jóvenes y adultos”, explica. Está algo triste, porque se le va el 50% de sus alumnos. O sea… un estudiante.

Las comunidades de esta región aprovechan la oportunidad para juntarse y conversar otros temas concernientes a su actividad económica, agricultura, riego y economía. En una sede social se escucha cómo los jefes de cada pueblo hacen breves discursos, acompañados por brazos de reina, tortas, galletas y queques. Todo de Quínoa. Los invitados sólo miran y callan. Tenemos claro que éste es un momento propio de sus comunidades y no podemos invadirlo.

El próximo paso es el almuerzo. Caminamos dos cuadras hasta una casa con un amplio comedor. A pesar de que nos advierten tener cuidado con comer y beber mucho, debido a la altura, es difícil seguir la recomendación. La Kalapurca se ve bastante apetitosa. Es una sopa con cuatro carnes diferentes: llamo, vacuno, cerdo y conejo. También se incluyen papas y algunos camotes. Y este es sólo el primer plato. Luego viene una combinación de arroz y quínoa con carnes de llamo y cerdo estofado.

Pocos se atreven con el vino y nadie alcanza a llegar al postre. “Mejor agua. Recuerden que llevamos tres inauguraciones de internet en el cuerpo”, comenta uno de los funcionarios gubernamentales.plato

La importancia de los pobladores es clave en el proyecto. Es la misma comunidad indígena y/o junta vecinal quien será la responsable de la administración y uso de los equipos. El costo de internet está cubierto por los dos primeros años del proyecto, mientras que el servicio Telefónico tarifado corre por los usuarios.

Antes de partir y bajar de la zona de puna, me instalo cerca de la Escuela de Cancosa y enciendo mi computador. Hay señal de WiFi. Me dan la password y reviso mi mail. Un amigo me cuenta que se demoró dos horas en llegar a su trabajo porque había demasiado tráfico. Y que antes de volver a su casa, pasará a un mall a comprar una película, para verla comiendo sushi y acostado en la cama.

Miro hacia mi alrededor y un niño aymara  de unos 11 años se acerca con una galleta de quínoa. Me la entrega y me pregunta “¿Me deja ver la página de Disney?” Entiendo porqué los pueblos Aymaras han sobrevivido tanto tiempo al paso de la modernidad.

 

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